Eliseo Pestaña (1916-2009)

Eliseo Pestaña Núñez, hijo de María Espés y de Ángel Pestaña, nace en Barcelona en el año 1916.

Pestaña y familia

Junto a su padre y a su hermana Azucena. Fuente: Mundo Gráfico.

En 1933 comienza a estudiar la carrera de Medicina y, en diciembre, logra un trabajo de auxiliar técnico en Radio Barcelona a través de la amistad de su padre con el director de la emisora.[1]

Al fundarse el Partido Sindicalista (PS), forma parte de sus Juventudes. Cuando estalla la guerra abandona los estudios de cuarto curso e ingresa como miliciano en Aviación. En el frente de Huesca, donde participa desde el aire, es nombrado sargento. A finales de febrero de 1937, una vez creado el Ejército Popular de la República, es nombrado comisario político de la 67ª Brigada Mixta (4ª División del II Cuerpo del Ejército)[2], cuyos batallones 1º y 2º Ángel Pestaña estaban compuestos en su mayoría por afiliados al PS. Bajo su dirección las trincheras se llenan de periódicos murales, de Rincones de Cultura en plena primera línea y de Hogares del Soldado, donde se lee y se estudia.[3]

Eliseo, Ahora, 22-4-1937.

Publicada por Ahora, nº 1987, de 22 de abril de 1937, con el pie: “Eliseo Pestaña, hijo del famoso líder sindicalista. Veintidós años de juventud, una inteligencia ágil y cultivada y un valor a prueba de las peores balas. Comisario ejemplar de una Brigada de héroes que lucha en Villaverde y militante destacado de la Juventud Sindicalista”. Realizada por Almazán. La foto se integró, por providencia del Fiscal Instructor Delegado, en la Sección 2ª relativa a Jefes Militares y Comisarios Políticos del Ramo “Documental Fotográfico” de la pieza sexta de Prensa roja de la Causa General de Madrid[6].

El fin de la guerra le coge atrapado en la Zona Centro. Fue encerrado en uno de los numerosos campos de concentración[4] y juzgado en consejo de guerra sumarísimo por el Tribunal Militar Territorial núm. 1 de Madrid[5].

Recupera la libertad tras el fin de la II Guerra Mundial y tiene que cambiarse el nombre para lograr trabajo. Nunca acabará Medicina; aunque será uno de los fundadores de la compañía de seguros de salud Sanitas, en 1954, su secretario y vicepresidente. Se retiró una vez adquirida la compañía, en 1989, por el grupo británico BUPA (British United Provident Association).

Eliseo Ernest Lluch

A la derecha de la imagen, en un reunión con Ernest Lluch y médicos, farmacéuticos y directores de laboratorios y clínicas privadas. Madrid, finales de enero de 1988. Fuente: ABC.

Murió en Madrid, a los 93 años, a comienzos de marzo de 2009.

BIBLIOGRAFÍA

ENGEL, Carlos (2005): Historia de Las Brigadas Mixtas Del Ejército Popular de la República. Madrid: Almena.

SANTOS, María-Cruz (2012): Ángel Pestaña, ‘Caballero de la Triste Figura’. Stuttgart: Editorial Académica Española.

HEMEROGRAFÍA

Hemeroteca digital BNE (Ahora, Mundo Gráfico).

Hemeroteca digital ABC.

Citas
[1] Santos, 2012, p. 307.
[2] Engel, 2005, p. 94.
[3] “Con los hombres de Villaverde”, Ahora, 22-4-1937, Madrid, p. 8.
[4] Santos, 2012, p. 507.
[5] Archivo General e Histórico de Defensa (AGHD). Fondos de Justicia Militar. Causa 731, leg. 7543.
[6] Archivo Histórico Nacional (AHN). FC-CAUSA_GENERAL, 1547, Exp.1, N.139.
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Milicias sindicalistas en la Guerra Civil.

Ser Histórico

(Actualizado el 5-12-2018)

El Partido Sindicalista (PS), como el resto de partidos de izquierdas y organizaciones sindicales, tras el golpe de Estado del 18 de julio moviliza a sus afiliados para frenar a los facciosos y formar milicias. Sus consignas durante todo el conflicto serán la unidad de la retaguardia y ganar la guerra antes que la revolución.

El presente texto, que no pretende ser exhaustivo, intenta dar algo de información sobre unos milicianos y milicianas que a menudo han pasado desapercibidos, bien “camuflados” entre las milicias confederales como cenetistas, sin más, bien confundidos por los historiadores con afiliados al PSOE debido a la coincidencia siglas o a la afiliación de muchos de ellos a la UGT.  

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UNA ACLARACIÓN PREVIA

Para alguien poco versado en historia militar se hace complicado dominar los nombres, números, asignaciones y movimientos de las diferentes unidades. Las hay repetidas en todo el territorio en guerra y…

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Natividad Adalia: ferroviario, cincopuntista y maldito.

Ser Histórico

Natividad Adalia Cardillo (Madrid, 1901 – 1966), ferroviario anarcosindicalista, es otro de aquellos casos en que el desconocimiento de su figura ha venido alimentando su condición de réprobo hasta el extremo. A falta de vaciar la documentación de archivo existente, sobre todo procedente de procesos judiciales, un breve repaso a la prensa de la época y al testimonio del novelista Ángel Mª de Lera nos puede ayudar a reconstruir su trayectoria política y sindical más allá de juicios –y prejuicios— personales.     

Durante la Dictablanda del general Berenguer, en verano de 1930, ya aparece como vocal del grupo reorganizador de los ferroviarios madrileños adeptos a la CNT en aras de su legalización.[1] Y en el Congreso extraordinario del Conservatorio, acontecido en Madrid un año después, a comienzos de la II República, participa como delegado confederal del Sindicato Único de Ferroviarios de la Zona Centro.[2]

Son años de dura…

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Ángel Mª de Lera (1912 – 1984)

Ángel María de Lera, Baides (Guadalajara), 7.V.1912 – Madrid, 23.VII.1984. Novelista.

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Con su padre.

La infancia y adolescencia de Ángel María de Lera se encadenan entre los sucesivos destinos de su padre, médico rural. Al año de su nacimiento en Baides, la familia se trasladó a la provincia de Ciudad Real, donde transcurrió su infancia, hasta los ocho años, y después a Lanciego (Álava). Ingresó en el seminario menor de Vitoria a los doce años, pero una crisis religiosa le llevó a abandonarlo a los dieciocho. Además, la muerte del padre en 1927, víctima de una epidemia de gripe, supuso una tremenda conmoción para la familia, que sólo consiguió remontar las penurias económicas cuando a la madre le concedieron una administración de loterías en La Línea de la Concepción (Cádiz). Allí Ángel finalizó el bachillerato y en 1932 inició la carrera de Derecho, interrumpida por el estallido de la Guerra Civil.

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En el seminario

En Andalucía se inició su preocupación política. Seducido por la ideología del marxismo y el anarquismo, su actividad se concretó cuando, en 1935, conoció a Ángel Pestaña y colaboró como secretario en la organización en Andalucía del recién fundado Partido Sindicalista. En las elecciones de febrero de 1936, obtuvo la única acta de diputado* que consiguió el partido, aunque cedió el escaño a Ángel Pestaña.

Tras el estallido de la Guerra Civil, Lera debió huir. Como comisario de Guerra, recorrió todos los frentes del conflicto. La muerte de su guía político, Ángel Pestaña, en diciembre de 1937, precipitó su pesimismo ante el derrumbamiento de la España republicana.

Se refugió en Madrid, donde fue detenido y condenado a muerte, para después ser conmutada su pena por la de treinta años de prisión. En 1944 obtuvo una efímera libertad provisional, seguida de un nuevo juicio y al fin el indulto cuando contaba treinta y cinco años.

Su vida se reinició en Madrid, donde transcurrió a partir de entonces. Las dificultades económicas de su familia, que iba a depender de él para el sustento, le llevaron a aceptar sucesivos trabajos como listero en la construcción, redactor de fascículos mercantiles, escritor de encargo, hasta recalar como contable en una fábrica de licores, donde permaneció durante años. En 1950 se casó con María Luisa de Menés y tuvieron dos hijos.

Fue entonces cuando Lera comenzó su actividad como escritor, sentida como una necesidad vital de expresar mediante la escritura su conciencia dolorida y nihilista de la existencia del ser humano, fruto de su propia experiencia. Hacia 1955 comenzó la redacción de su primera novela, Los olvidados. En 1956, Los clarines del miedo fue finalista del Premio Nadal. A partir de entonces, comenzó una ininterrumpida carrera como novelista y recibió, entre otros, el Premio Planeta en 1967 por Las últimas banderas, una novela sobre la guerra desde el bando de los perdedores. Sus obras fueron alabadas por la crítica, traducidas a otros idiomas, adaptadas al cine y recibieron el favor mayoritario del público. Son novelas realistas, de contenido social y reflexión existencial. Al tiempo que las novelas, Lera practicó también la escritura de reportajes periodísticos en ABC, después reunidos en libro, de ensayos, y de guiones cinematográficos. Tras el final del franquismo, recuperó públicamente la fidelidad, ya matizada por los años, a un ideario político silenciado durante años por miedo, y publicó ensayos como Ángel Pestaña. Retrato de un anarquista (1978) y La masonería que vuelve (1980). Entre sus últimas actividades, al margen de la escritura, hay que citar su defensa de los derechos del escritor, con la fundación, en 1971, de la Mutualidad de Escritores de Libros, y en 1977 de la Asociación Colegial de Escritores de España. Tras su muerte, a los setenta y dos años, su obra ha quedado como memoria dolorida de la guerra y la posguerra españolas.

Obras de ~: Los olvidados, Madrid, Aguilar, 1957 (ed., est. prelim. y notas de A. Castro Díez, Madrid, Castalia, 2004); Los clarines del miedo, Barcelona, Destino, 1958 (ed., est. prelim. y notas de R. W. Hatton, Waltham, Massachusetts, Ginn and Company, 1971); La boda, Barcelona, Destino, 1959; Bochorno, Madrid, Aguilar, 1960;Trampa, Madrid, Aguilar, 1962; Hemos perdido el sol, Madrid, Aguilar, 1963; Tierra para morir (Y las cien casas no se abrirán ya nunca), Madrid, Aguilar, 1964; Con la maleta al hombro (notas de una excursión por Alemania),Madrid, Editora Nacional, 1965; Por los caminos de la medicina rural, Salamanca, Imprenta Graficesa, 1966; Las últimas banderas, Barcelona, Planeta, 1967; Los fanáticos, Barcelona, Linosa, 1969; Mi viaje alrededor de la locura, Barcelona, Planeta, 1972; Se vende un hombre, Barcelona, Planeta, 1973; Los que perdimos, Barcelona, Planeta, 1974; Diálogos sobre la violencia, Barcelona, Plaza y Janés, 1974; Carta abierta a un fanático, Madrid, Ediciones 99, 1975; La noche sin riberas, Barcelona, Argos, 1976; Oscuro amanecer, Barcelona, Argos, 1977; Ángel Pestaña. Retrato de un anarquista, Barcelona, Argos, 1978; El hombre que volvió del paraíso, Barcelona, Planeta, 1979; La masonería que vuelve, Barcelona, Planeta, 1980; Secuestro en Puerta de Hierro, Barcelona, Planeta, 1982; Con ellos llegó la paz, Barcelona, Planeta, 1984.

Bibl.: A. R. de las Heras, Ángel María de Lera, Madrid, Ediciones y Publicaciones Españolas, 1971; E. L. Leeder, El desarraigo en las novelas de Ángel María de Lera, Miami, Ediciones Universal, 1978; R. Hernández, Ángel María de Lera, Madrid, Ministerio de Cultura, 1981; M. S. Listerman, Ángel María de Lera, Boston, Twayne Publishers, 1982; E. L. Leeder, “Dimensión existencial en la narrativa de Lera”, en J. Villegas (ed.), Actas Irvine 92. Asociación Internacional de Hispanistas IV. Encuentros y desencuentros de culturas: siglos xix y xx, Irvine, Universidad de California, 1994, págs. 194-201; M. Bertrand de Muñoz, “Dos novelas de los momentos finales de la guerra civil en Madrid: Campo del moro de Max Aub y Las últimas banderas de Ángel María de Lera”, en C. Alonso (ed.), Actas del Congreso Internacional Max Aub y el laberinto español, vol. I, Valencia, Ayuntamiento, 1996, págs. 471-480; J. Gilabert, “Tiempo y sensibilidad histórica en Las últimas banderas de Ángel María de Lera”, en España Contemporánea, 2, IX (1996), págs. 41-54.

Asunción Castro Díez

Texto extraído de Real Academia de la Historia: http://dbe.rah.es/biografias/12007/angel-maria-de-lera

* Es cierto que de Lera cedió su candidatura por Cádiz  en las elecciones de febrero de 1936, pero quien se presentó fue finalmente Pestaña, que obtuvo cerca del 60% del total de votos.

Foto de portada: Comisario de Guerra.

Ángel Mª de Lera: “Lo que yo vi (Madrid, marzo de 1939)”

En revista Historia y vida núm. 50, mayo de 1972.

Ángel María de Lera (Baides, 7 de mayo de 1912 – Madrid, 23 de julio de 1984). Fundador del Partido Sindicalista de Ángel Pestaña en Cádiz. Soldado del Ejército Popular de la República y Comisario de Guerra. Prisionero de Franco desde 1939 a 1947.

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Paseo de la Castellana o cerca, tras el desfile del Regimiento Pestaña, septiembre de 1936. De izqda a drcha, 1ª línea: Valentín de Pedro, comediógrafo argentino; el sindicalista asturiano José Hermida; Ángel Pestaña; Natividad Adalia, director de El Sindicalista; DESCONOCIDO; Ángel María de Lera; y DESCONOCIDO.

Guadalajara

El nombre de Guadalajara era, sin duda, el de más gloriosas resonancias entre el pueblo y el ejército de la República, más aún que el del Ebro, porque la batalla que lleva el nombre del gran río ibérico, si bien tuvo un brillante comienzo, acabó catastróficamente, mientras que aquélla —la batalla de Guadalajara—, con malos principios, fue coronada victoriosamente sobre los mussolinianos. Desde tan lejana fecha, las unidades militares que guarnecían aquel frente habían estado utilizando material de guerra italiano —camiones, ametralladoras, fusiles y bombas de mano—, pero ya en marzo de 1939 apenas si quedaban los últimos residuos de aquel botín. Los jefes de compañía debían dar, en el parte diario, cuenta de las bombas y de los proyectiles de fusil gastados, porque el parque de municionamiento se hallaba agotado y era preciso escatimar una. bala. La alimentación del soldado, salvo el pan, que era bueno, se componía exclusivamente de dos sopicaldos —a mediodía y por la noche— y de un cazo de agua ennegrecida por algunos granos de cebada tostada, que servía de desayuno. Su vestuario llevaba mucho tiempo sin ser renovado y corría prácticamente a cargo de los familiares de los combatientes, como asimismo el calzado. No se recordaba ya cuándo fueron distribuidas las últimas botas. Hasta el suministro de alpargatas dependía del mercado, donde las compraban los comisarios con el dinero que para esos fines adelantaban los soldados de su peculio.

—Tenemos mucha hambre, comisario —era su continua e inalterable queja. —¿Cuándo nos van a dar botas? —preguntaban obstinadamente. Los oficiales y comisarios, sometidos igualmente a estas duras condiciones, se veían además, abrumados por las señales inequívocas que anunciaban el fin de la guerra sin esperanza de victoria.

La ofensiva de Extremadura

—¿Cómo se puede seguir haciendo la guerra sin municiones, sin gasolina y sin qué comer? —se preguntaban entre sí los que eran amigos de confianza.

Las tropas que cubrían el frente de Guadalajara eran las del IV Cuerpo de Ejército, mandado por Cipriano Mera. La ofensiva de Extremadura fue el último y desesperado intento de romper el dogal que amenazaba de estrangulamiento a los ejércitos republicanos sitiados en el corazón de la Península. Se acumuló en ella toda la fuerza posible. Pero era una fuerza ciega. El Ejército de la. República jadeaba ya, malherido, y su acometida careció de cohesión. Los altos mandos militares que la condujeron no tenían ninguna fe en sus resultados y actuaron al menos con desgana. Así, la sorpresa y el empuje de sus primeras horas quedaron enredados, y luego contenidos, en el cuello de botella de Sierra Trapera.

Cundió por todos los demás frentes el rumor de que la ofensiva había sido descaradamente saboteada. No funcionaron ni la intendencia ni el municionamiento. Hubo órdenes contradictorias y, como consecuencia, desbarajuste y caos. Y se citaron los nombres de algunos jefes militares destacados como los responsables de aquella desgraciada e inútil tentativa. Responsables a conciencia, no por ineptitud y falta de imaginación, sino como resultado de un entendimiento con el enemigo. Esta versión —fuera o no cierta— fue la admitida por la mayoría de los combatientes

¿Qué pasa en Madrid?

Se sabía igualmente que el Ejército Popular carecía de camiones, de tanques y de aviación. Era de general conocimiento también el mal estado de la artillería y la pobreza de los parques de municionamiento y de intendencia, pero todas estas razones no eran suficientes para quebrantar la moral de un ejército, creada y sostenida entre continuas retiradas y frustraciones. Fue la sensación de absoluta impotencia, de abandono y traición, que produjo el fracaso de la ofensiva de Extremadura, lo que la hizo tambalearse, primero, y desmoronarse, después.

«La voz del combatiente», el periódico de las trincheras que editaba el Comisariado de Guerra, informó de la llegada a Madrid del doctor Negrín y Alvarez del Vayo con los jefes militares Líster y Modesto. Después de un largo período —prácticamente desde la caída de Barcelona—sin saber nada del Gobierno de la República, esta era la primera noticia que daba fe de su existencia. Naturalmente, dio lugar a diversos y contradictorios comentarios entre los combatientes, según fueran estos comunistas, socialistas, anarcosindicalistas o republicanos. Para los primeros significaba un afianzamiento de su hegemonía y una definitiva y total imposición de su línea politico-militar. En cambio, para todos los demás, la reaparición del doctor Negrín en el escenario político envolvía una clara amenaza para sus posiciones y, sobre todo, la liquidación de su ya mermadísima facultad de determinación en la marcha de la guerra. Negrín, salvo para sus incondicionales seguidores, se había ido desacreditando ante los combatientes por el incumplimiento de todas sus promesas. «Resistir es vencer», su consigna favorita, que en un tiempo gozó de la adhesión mayoritaria, no era ya tomada en serio y sí como motivo de chirigotas.

Negrín había proclamado unos puntos que pudieran servir de base para llegar a una paz negociada con el enemigo. Todo el mundo sabía esto, pero pocos conocían su resultado negativo. Por eso, su presencia en Madrid en tan críticas jornadas desencadenó una ola de rumores acerca del próximo fin de la guerra. Inmediatamente se pensó en que todo iba a cambiar, que comenzaba la gran crisis postrera, porque era unánime la opinión —la de los comunistas y los no comunistas— de que así no se podía seguir. ¿Se estaba gestando la paz? ¿Cómo? ¿En qué condiciones? Negrín volvió a ausentarse de Madrid, escoltado por los mismos personajes con que llegara desde París, sin que ningún acontecimiento se produjera. Pero aunque la situación permaneciese aparentemente estática, persistía la expectación.

Hambre y frío

—¿Qué pasa en Madrid? ¿Qué se está amasando en Madrid

Tales eran las interrogantes que se cruzaban y a las que nadie sabía responder. Para cualquiera que llegara del frente con una horas de permiso, Madrid aparecía exactamente igual que en los últimos meses: con sus barricadas, sus escaparates vacíos, sus tranvías abarrotados, sus calles engalanadas con banderas y carteles y sus multitudes obstinadas. Sus habitantes, después de tantos meses de sitio y de sufrir toda clase de penalidades, parecían insensibilizados y como convencidos de que la difícil situación por la que atravesaban no tendría fin. El Madrid gris, de los obuses silbando por la Gran Vía, de las noches temerosas; el Madrid hambriento y aterido, con largas colas ante los establecimientos que repartían las exiguas provisiones; el Madrid de los árboles desmochados y de los bancos públicos despojados de sus tablones por los leñadores furtivos, con el último chiste y la aguda chirigota rodando por los bares o por entre los grupos murmuradores que aún persistían en la Puerta del Sol; el Madrid del «metro» caliente como refugio nocturno de familias enteras, con sus mujeres entoquilladas, sus alegres muchachas desnutridas y sus soldados de todas las edades; el Madrid, en fin, veterano de la guerra, estoico, resignado, consciente de su papel de protagonista de la gran tragedia española —«rompeolas de todas las Españas»—, continuaba en pie, como siempre. No obstante, bajo aquella tranquila y resignada apariencia, como bajo la película del agua estancada, bullía una tremenda inquietud en aquellos primeros días de marzo de 1939; una enconada y dramática efervescencia de pareceres, contrapuestos en apariencia, pero acordes en lo fundamental: en que era ya inevitable el inmediato fin de la guerra. Resultaba evidente para todos la necesidad de salir de la larga agonía que comenzó con la pérdida de Cataluña, la expatriación del Gobierno y la dimisión de Azañá, todo lo cual trajo como consecuencia el reconocimiento diplomático del Gobierno de Burgos y el aislamiento asfixiante y funeral de los últimos defensores de la República. La parte del Ejército Popular que aún se mantenía con las armas en la mano se encontraba acorralado, hambriento y en una manifiesta y cada día más abultada situación de inferioridad en armamento y en toda clase de recursos frente a un adversario henchido de moral de victoria.

La paz, sí, pero, ¿cómo? ¿Quién sería capaz de poner el cascabel al gato? De ella había hablado Negrín y aunque todo hubiese quedado en simples palabras por el momento, la pretensión, sin embargo, abonada por un cansancio que se hacia de pronto insoportable, logró introducirse en el complejo de ideas y sentimientos de los combatientes y de la población civil.

La noche triste

Por eso no fue realmente una sorpresa para nadie el anuncio de la radio que comunicaba la formación de un Consejo de Defensa para entablar negociaciones de paz con el Gobierno de Burgos en la noche de aquel domingo, día 5 de marzo del año 1939. No obstante, las voces de Casado y de Besteiro desencadenaron una ola emocional que conmovió profundamente la conciencia de todos, tanto de los partidarios de la República como de sus enemigos, aunque fuese por razones tan dispares. Era el comienzo del fin, el término de un angustioso proceso de incertidumbres. La tensión oculta y reprimida se liberaba casi fisiológicamente. En medio de su dramática significación, la noticia produjo un suspiro de alivio. Pero pronto se volvió a estrechar el nudo en torno a la garganta de los antifascistas. No todos estaban conformes con la constitución del Consejo de Defensa —también llamado Junta de Defensa—. Un gran sector, precisamente el más fuerte y decidido desde el punto de vista de la cohesión ideológica, la disciplina partidaria y el poderío militar, se declaró en franca oposición a los designios de los demás partidos políticos y organizaciones sindicales representados en el nuevo organismo ejecutivo. Era el sector de los comunistas militantes y de sus afines. Así, desde el primer momento, el campo de las fuerzas republicanas quedó dividido entre dos facciones irreconciliables. Los comunistas, a un lado: al otro, socialistas, anarcosindicalistas y republicanos. En medio, el pueblo de Madrid. La posición dialéctica de los comunistas estribaba en la inminencia de la guerra mundial, que cambiaría necesariamente el orden de los factores en la guerra española. La de los socialistas y sus aliados se apoyaban en el hecho incontrovertible del agotamiento de todas las posibilidades de triunfo. Aquellos pretendían —al menos teóricamente— continuar la guerra española hasta empalmarla con la internacional. Estos buscaban una salida airosa que evitase la última matanza. Unos jugaban sobre el tablero politico-militar del mundo. Los otros se atenían a la realidad tangible y próxima de su situación en la Península, aislados del resto del mundo y sin esperanza de socorro. Era la hipótesis contra la amarga experiencia de continuas decepciones en el comportamiento de las naciones que se consideraban amigas.

Casado, Besteiro y Mera

Aquella noche, mientras la población dormía, por las calles de Madrid, entre silencio y sombras, ambos contendientes empezaron a tomar posiciones militares para dilucidar la cuestión por la violencia. Una nueva guerra empezaba entre los aliados —siquiera aparentemente aliados— del día anterior. Cuando el coronel. Segismundo Casado se posesionó de la jefatura del Ejército del. Centro, llegó hasta el último soldado la sensación de que una mano fuerte y enérgica había empuñado las riendas del mando. De arriba abajo. corrió como un estremecimiento ordenancista y se hizo notar bien pronto, especialmente entre los oficiales, que el coronel Casado era un profesional celoso de sus prerrogativas, dispuesto a imponer a todos un comportamiento verdaderamente militar. No gozaba de previo renombre entre las tropas ni era uno de esos jefes militares de que habitualmente hablaba la prensa. Sin embargo, no tardó en hacerse popular y conquistar el respeto unánime. Políticamente tampoco era notable. Se le suponía, eso si, afecto a la República y, sin que nadie supiera decir por qué, más bien arrimado a la, fracción moderada del socialismo. En el difícil campo de las rivalidades políticas dentro del Ejército, Casado supo situarse en un plano superior o al margen, lo que para la opinión no comunista era una garantía de neutralidad muy apreciable. El profesor de Lógica Julián Besteiro gozaba de un viejo prestigio, dentro y fuera del partido socialista y de la U.G.T. En las Cortes Constituyentes de la República mereció, por su tacto y res-. peto a todas las opiniones, los mayores elogios ‘de la mayoría gobernante y de la oposición parlamentaria. Pero fue la primera víctima del senil extremismo revolucionario de Francisco Largo Caballero, Por eso la guerra le sorprendió en pleno ostracismo político y durante ella rechazó todos los cargos de responsabilidad que se le ofrecieron. No obstante, cuando la guerra estaba perdida„ Besteiro no dudó en cargar sobre sus enfermos y débiles hombros el peso terrible de; su liquidación, es decir, la cruz, sin esperanzas de resurrección, Por último, Cipriano Mera, viejo militante anarcosindicalista que se había distinguido siempre por su extremismo en las luchas sociales, había llegado a desarrollar una de las más. sorprendentes vocaciones militares durante la guerra. Mera, además de valeroso, demostró cualidades innatas para el mando. Entendió la disciplina y la impuso sin contemplaciones, especialmente a sus antiguos compañeros de empresas revolucionarias. Casado, Besteiro y Mera eran los tres hombres clave de la nueva situación, aunque este último no perteneciera a la Junta, ya que, en cambio, aportaba a la lucha contra los negrinistas las mejores tropas con que aquélla podía contar, las del IV Cuerpo de Ejército, acampado en Guadalajara.

La semana del duro

Así se llamaba a ciertos períodos de liquidación de mercancías en los grandes almacenes y ese fue el nombre que alguien aplicó, con mucho éxito por cierto, a los siete días que duró la lucha entre casadistas y negrinistas en las calles de la capital de España.

Barceló fue el jefe comunista que primero atacó a la Junta de Casado con las tropas de su Cuerpo de Ejército, que guarnecía el frente de Madrid. Sus unidades tomaron el: Cuartel General del Ejército del Centro y se infiltraron por diversos barrios y calles hasta penetrar en el mismo corazón de la ciudad… En los primeros días de lucha, la confusión era indescriptible, a veces dramática y a veces grotesca. Asomaban soldados por todas las esquinas sin que se supiera a qué bando pertenecían. De pronto, alguien era detenido e interrogado:

—¿Con quién estás tú?

El detenido se quedaba perplejo mirando a sus aprehensores y sin saber qué contestar, porque lo mismo podían ser negrinistas que casadistas. Nada exterior los diferenciaba. Si se declaraba partidario de Negrin, por ejemplo, y los que le habían detenido resultaban casadistas, se metía él mismo en prisión, y viceversa. De cualquier manera suponía una aventura, peligrosa, Hasta que Casado ordenó que sus fuerzas llevasen un brazalete blanco como distintivo.

Por calles y plazas circulaban patrullas armadas, carros de combate, artillería, y camiones cargados de tropa, yendo y viniendo, corriéndose de un lado para otro, como si jugaran al escondite. Súbitamente se iniciaba un tiroteo. La gente —la población civil. y los muchos soldados que se habían quedado al margen de la contienda—corría, se refugiaba en los portales o se echaba al suelo.

—¿Quiénes van ganando? —se preguntaban unos a otros.

Después, cesaba el tiroteo y la circulación se restablecía nuevamente y recobraba su aspecto normal. Nadie sabía cuál era la verdadera situación. Bastaba cruzar una calle para pasar de un sector a otro; de un mundo donde los periódicos atacaban la locura suicida de los comunistas y hablaban de su inminente capitulación a otro en el que se voceaba «Mundo Obrero» con feroces insultos para el «puñado de traidores de la Junta», a quienes, sin duda, esperaba la justicia implacable de los antifascistas. A todo esto, la población civil seguía discurriendo por las calles, especialmente las mujeres, siempre a la caza de alimentos, con absoluta indiferencia, quejándose sólo de las molestias que los frecuentes tiroteos entre unos y otros les causaban. Porque, en efecto, el pueblo se sintió desligado totalmente de un pleito suscitado por los cuadros dirigentes de la guerra, y esta inhibición fue la que redujo el conflicto y evitó que degenerara en una carnicería.

En realidad, los más duros combates de la «semana del duro» tuvieron lugar en los accesos a Madrid, especialmente cuando las tropas del IV Cuerpo de Ejército acudieron, desde Guadalajara, en ayuda de la Junta. Hubo unos días en que los negrinistas tuvieron en sus manos la victoria, pero les faltó decisión, planes y fines concretos. Luego cundió entre ellos el desánimo y, cuando las fuerzas de Cipriano Mera irrumpieron triunfalmente desde Alcalá de Henares, la moral de los comunistas se derrumbó. Todavía hubo, sin embargo, una gran batalla: la de los Nuevos Ministerios. Aquella tarde, los madrileños pudieron presenciar, desde azoteas y balcones, un despliegue de tanques e infantería por el ancho paseo de la Castellana y oír el silbido de las balas y la explosión de los obuses.

La paz honrosa

Pese a la inhibición del pueblo, la «semana del duro» arrojó un apreciable saldo de muertos y heridos, inútilmente muertos y heridos ya.

Era el lema de la Junta: poner fin a la guerra mediante una paz lo menos onerosa posible para el vencido. Lo que trataba de conseguir era que, a cambio de la deposición de las armas y el cese de hostilidades, el Gobierno de Burgos permitiera que pudiesen abandonar España —en orden y concierto— todos aquellos que, por razones de incompatibilidad ideológica o de especial responsabilidad, lo desearan.

Finalizada la «semana del duro» siguieron unos días de calma y de silenciosa expectación.

—¿Cómo van las negociaciones con Burgos?

En general, dominaba el optimismo. Se hablaba de barcos y del comienzo inmediato de una evacuación ordenada. El recuerdo de las penalidades sufridas en Francia por los fugitivos de Cataluña hacia que el que más y el que menos recelara de Europa y se viese mejor en América recomenzando su vida. Por su parte, el enemigo hizo correr la especie de que «el que no tuviera manchadas las manos de sangre o robo no tenía nada que temer».

Pero pasó otra semana sin que se confirmara ninguno de estos felices proyectos. Y el silencio oficial desencadenó otra vez el nerviosismo.

—¿Qué pasa? Nos estarán engañando?

Después de los combates entre negrinistas y casadistas, el ejército había quedado deshecho. Comenzaban las deserciones. El espíritu y la moral de combate perduraban ya solamente unidos al recuerdo de mejores días. Los timoratos, los oportunistas y los «listos» de siempre empezaban a chaquetear y a buscarse una coartada, pero los más eran presa de la angustia y del desconcierto.

La estampida

—¿Qué va a ser de todos nosotros? —clamaban.

Y una noche la radio dio la noticia de la ruptura de las negociaciones con Burgos. Cuando parecía que se había llegado, al fin, a un completo acuerdo, el vencedor dio por terminadas las conversaciones e impuso sin rodeos la inmediata rendición incondicional. Esta noticia, siempre temida, provocó el pánico y la estampida. Los puertos de Levante, el mar, la huida… Pero sólo pudieron escapar hacia allí los que dispusieron de un medio de locomoción Y del combustible necesario. Y en Madrid permanecieron, resignados a afrontar lo que viniera, todos los demás. Fue una noche de insomnio, casi casi de locura colectiva. Cientos de vehículos emprendieron la ruta de Levante, cargados hasta los topes, con niños, mujeres, ropas y toda la comida que pudieron allegar. Fue un éxodo desesperado como, siglos atrás, los de judíos y moriscos, a la aventura, sin planes, alucinante. El caso era llegar al mar, donde su aterrada imaginación les hacia creer que les aguardaban aquellos barcos de que tanto se les había hablado.

Madrid se quedó como desangrado. Luego se supo que fueron pocos los que pudieron escapar. Más tarde se conoció el drama del puerto de Alicante. Y también se supo que los miembros de la Junta, excepto Besteiro, el que no quiso nada durante la guerra, habían marchado al extranjero, algunos en avión: y se dijo que Casado, con algunos otros, halló pasaje en un barco hospital inglés que había llegado a Gandía en espera de un cargamento de prisioneros italianos de cuando la batalla de Guadalajara, enviado por la Cruz Roja internacional.

El fin

En las primeras horas de la mañana siguiente, Madrid se cubrió de banderas victoriosas y una multitud enardecida se echó a la calle para dar el parabién a los primeros soldados nacionalistas que entraban como vencedores. Nuevos himnos. Nuevo saludo. La victoria.

Por otro lado, la derrota. Junto a los desfiles de los vencedores empezaron a verse otros de soldados inermes, tristes, silenciosos, camino de la plaza de toros y de otros puntos de concentración: los vencidos. Para unos, comienzo; para otros, fin.

 

Ángel María de Lera

 

Tomado de http://www.buscameenelciclodelavida.com

Pedro Luis de Gálvez

Foto de portada: A la salida de una conferencia de Pestaña en el Ateneo de Madrid, en junio de 1931. En el centro de la imagen, junto a Pestaña.

Javier Barreiro

GÁLVEZ, Pedro Luis de (Pedro Luis de Gálvez y López), Málaga 3-V-1882 – Madrid, 24-XII-1940. Escritor bohemio.

Hijo de un empleado de ideas muy conservadoras, recibió una estricta educación con profesores eclesiásticos para después ingresar en el seminario, de donde escapó. Una vida altamente turbulenta y llena de increíbles episodios lo llevó al correccional, a la Academia de Bellas Artes de San Fernando, con dieciséis años, a París, para seguir perfeccionándose en el arte pictórico y, finalmente, a la cárcel por sus soflamas antimonárquicas. Entre los muchos meses en espera de juicio que estuvo encerrado en Cádiz y la condena que cumplió en el penal de Ocaña pasó cuatro años en prisión, a menudo, en condiciones infrahumanas. Sin embargo, allí escribió sus primeros libros, La Cochambrosa, En la cárcel Existencias atormentadas y obtuvo un premio con “El ciego de la flauta”, en el Concurso Nacional de Cuentos, promovido por

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Alfonso Vidal y Planas

Javier Barreiro

  Reproduzco aquí el capítulo dedicado al escritor gerundense de mi libro Cruces de bohemia (Vidal y Planas, Noel, Retana, Gálvez, Dicenta y Barrantes), Zaragoza, UnaLuna, 2001, pp.  21-49, aportando algún pequeño dato nuevo y actualizando la bibliografía.            

   Vidal y Planas

 

En sus ojos castaños arde un claro destello

del amor al humilde, de que su alma está henchida;

y en su pálido rostro, varonilmente bello,

puso un rictus profundo de tristeza la Vida.

¡Pobre artista exaltado, tan noble como un niño,

que solloza sus penas en el antro del Mal,

y que andando entre fango, como el cándido armiño,

mantiene terso y puro su espíritu cordial!

Son sus horas de angustia; con su saña felina,

al pasar, implacables, le clavan una espina

en su carne sensible que trasciende amargura.

Mas la dulce esperanza de un futuro glorioso

le permite ir cubriendo su camino penoso

con las sedas lucientes de su hermosa…

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Amparo Poch y Gascón

magazineactivo

Ayer se cumplieron 50 años de la muerte de Amparo Poch y Gascón, médica, luchadora antifranquista, defensora de las libertades y precursora del feminismo.

Desde muy niña supo que quería ser médico. Hija de un militar y una mujer religiosa en extremo, su familia no entendía que hablara públicamente en cafés, vistiera pantalones y corbata o escribiera en periódicos. La transgresión, frente a los comportamientos sociales opresores de su época, fue una de las claves personales de Amparo Poch, en la que estaba inmersa la lucha por la emancipación de la mujer.

Como su padre consideraba que la medicina no era carrera de mujer, la obligaron a estudiar magisterio. Amparo Poch ingresó en la Escuela Normal Superior de Maestros, de Zaragoza, en 1917 y en 1922 iniciaba el preparatorio en la Facultad de Medicina, en Zaragoza, la única mujer en el curso académico 1922-23, junto a 435 compañeros. Al curso…

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Memoria de Valentín de Pedro

HERALDO DE MADRID

Aníbal Salazar Anglada*

En 1916 llegaba a España, procedente de la Argentina, un joven poeta y periodista llamado Valentín de Pedro, lleno de entusiasmos y con hambre de fama. Había nacido en la provincia de Tucumán, al noroeste del país, en 1896. Sus padres, oriundos de España ―su padre originario de la provincia de Burgos y su madre nacida en la provincia de Soria―, habían llegado al país del Plata con aquellas oleadas de inmigrantes que tuvieron lugar en el último tercio del siglo XIX, junto a italianos, rusos y armenios que arribaban por centenares de los barcos (de ahí el dicho popular: “Los mexicanos descienden de los aztecas; los peruanos de los incas; y los argentinos… de los barcos”). Ese encuentro con la madre patria que se cumple en Valentín de Pedro constituye no en vano uno de los tópicos del fin de siglo, toda vez que se diluye…

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Ángel Pestaña: “¿Cómo y cuándo gané mi primera peseta?”

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Amigo Gómez Hidalgo:

Me pregunta usted “cómo y cuándo gané la primera peseta”. No creo sea muy interesante que cuente yo aquí cómo y cuándo gané la primera peseta. Seguramente que hay centenares y miles de individuos, la respuesta de los cuales, de dónde y cómo ganaron la primera peseta, resultaría un interesante estudio psicológico y acusador de un régimen que tantas víctimas produce. Pero ya que estos miles de individuos no pueden hacerlo, hágolo yo, más que nada, accediendo a su cariñosa invitación.

Tenía diez años cumplidos, sin haber llegado a los once, cuando mi padre me puso a trabajar de pinche en las minas del Cobarón, provincia de Vizcaya, cerca de Somorrostro.

Para quienes ignoren lo que hace un pinche en tales trabajos, diré que su ocupación consiste en traer, en unos barriles (así se les llama en las minas) en forma de tonel, de unos doce o catorce litros de cabida, el agua que consumen al cabo del día los obreros de la cuadrilla; además, llevar a la fragua, para que el herrero los aguce, los barrenos y pistoletes, y al carpintero cuando se rompen, los mangos, a mangar los picos, palas y azadas, traer las municiones del polvorín para los barrenos, y en algunos casos, ir a buscar la comida del capataz.

Empecé, pues, a trabajar en las minas del Cobarón, y en una galería subterránea que, según la leyenda, comenzó su explotación en tiempos de los romanos. La explotación primitiva se hizo en dos pisos superpuestos, que se comunicaban por pozos perforados de trecho en trecho, ya que la galería debe tener más de un kilómetro de longitud bajo tierra.

En la época a que yo me refiero, el piso inferior estaba completamente anegado, y la superficie del agua subía hasta el piso superior. El peligro de caer en uno de estos pozos fue lo primero que se me advirtió; cosa fácil, si se me apagaba el candil, pues aunque todos los pozos estaban a la izquierda de la galería central, donde trabajaban los mineros a quienes yo servía, por la derecha no era posible guiarse, ya que existen innumerables galerías secundarias en las que me hubiera perdido como en un laberinto.

El temor de caer en uno de los pozos y perecer ahogado; el extraviarme en el dédalo de las galerías secundarias; por otra parte, llevar al hombro, en un trayecto de un kilómetro o más, una carga superior a mis fuerzas; el reniego del capataz o de los mineros; no ver el sol ni respirar aire libre más que contados momentos del día, pues se trabajaba doce horas diarias y estábamos en invierno, era el risueño porvenir que se me ofrecía a cambio de cinco reales diarios de jornal.

Duró poco. Quince días después de haber comenzado a trabajar, una lluvia torrencial caída durante la noche, cubrió de tierra la fuente donde iba a buscar el agua y hube de ir casi veinte minutos más lejos de camino a llenar el barril, para que a los mineros de mi cuadrilla no faltase tan precioso como necesario líquido.

La tardanza exasperó al capataz, y cuando regresé me preguntó dónde había estado. Contéle lo ocurrido, y por toda respuesta obtuve un puntapié en salva sea la parte, un pescozón y quedaba despedido. ¡Así se premiaban mis servicios y la buena intención que había guiado mis pasos!

Fui a casa; conté a mi padre lo que ocurría, y mi padre añadió, por no creer que fuera verdad mi alegato, unos cuantos puntapiés y algunos pescozones más a los que me había dado el capataz. Más tarde se lamentó de que yo tenía razón y lamentaba su error.

Para acabar, cobré los jornales de los quince días trabajados, lo que representaba, como es de suponer, no una peseta, sino varias pesetas, continuando desde entonces hasta hoy haciendo bueno el versículo: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”.

ÁNGEL PESTAÑA

¿Cómo y cuando ganó usted la primera peseta?: respuestas de las más populares figuras espanõlas contemporáneas. Prólogo y encuesta de Francisco Gómez Hidalgo. Madrid: Librería Renacimiento, 1922; pp. 159-161.

(Gentileza del historiador Julián Vadillo)

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Imagen de portada: Niño minero en la mina de carbón de Turkey Knob, Macdonald, West Virginia, USA. Año 1908 (Fuente: http://www.archivohistoricominero.org)