Entrevista de Lenin y Pestaña

Siguiendo las directrices del Congreso del Teatro de la Comedia, y a pesar de no haber sido elegido inicialmente para la comisión encargada de representar a la CNT en el II Congreso de la Internacional Comunista, Ángel Pestaña fue el único delegado que pudo llegar a Rusia. Durante su estancia allí tuvo ocasión de conocer a Lenin, Trotski, Zinoviev, Radek, Luzovsky y otros dirigentes comunistas; también se entrevistó con Kropotkin. Y fue uno de los escasos delegados que se atrevieron a enfrentarse a la línea impuesta por los comunistas, entendiendo que las decisiones allí tomadas ya se habían acordado de antemano.

A su regreso fue hecho preso en Italia y en Barcelona. Durante su encarcelamiento redactó un extenso informe sobre su viaje que influyó en el posterior distanciamiento de la CNT  del bolchevismo. Sus tesis se ratificaron en junio de 1922, en la Conferencia de Zaragoza.

pestaña con vela

 

El despacho de Lenin estaba amueblado con sobriedad. Todo lo superfluo había sido descartado. Un grandioso mapa de Rusia; alguno más pequeño de otros países: una mesa de trabajo abarrotada de documentos y papeles; algunas sillas; unas butacas y sillones. Este era todo el mobiliario. Apareció Lenin. Sonriente nos tendió la mano que apretamos con verdadera efusión y nos sentamos frente a frente. Estaba contento, alegre, satisfecho.

—¿Estáis contento del trato que os hemos dado los comunistas?—preguntó,

—Mucho—contestamos

— Habéis tenido en todo momento atenciones y respetos que nosotros hemos sabido apreciar en su valor. Si así no fuera, si nuestra discreción hubiera sobrepasado en algún punto el límite de lo debido, os rogaríamos nos exculpaseis.

 —Nada de eso. Desde el primer momento, hemos recibido las mejores impresiones. No importa que no participéis de nuestro pensamiento, ni que no seáis uno de los nuestros. Sabemos que vuestra discrepancia de criterio os ha mantenido en todo momento alejado de ligerezas impropias de la seriedad requerida.

Haciendo una breve transición, añadió luego: —Pasando a lo interesante. ¿Podríais ampliarme algunos detalles del informe que habéis presentado a la Tercera Internacional, sobre la situación de las diferentes fuerzas políticas y sociales de España?

Le di los detalles que solicitaba y continuó:

—Es decir, que seguís rechazando la dictadura del proletariado, la centralización y la necesidad de formar en España el Partido Comunista para hacer la revolución.

—Nosotros seguimos firmes en nuestro criterio, en nuestras afirmaciones y principios.

—¿No os ha convencido la obra de Rusia?

—Lo visto en Rusia, lo observado en Rusia, y las conclusiones que sacamos del conjunto aquilatan nuestro criterio. No hemos de ocultaros que, cuando nos dirigíamos desde París aquí, una duda nos asaltaba de continuo. Ante lo desconocido, sugerido y vacilante, nos hicimos muchas veces esta pregunta: “¿Estaremos equivocados los anarquistas en los aspectos fundamentales de nuestra doctrina?“ Y no he de ocultaros el temor con que veíamos acercarse el momento de tener, acaso, que suscribir la negación de aquellas ideas defendidas por nosotros con tanto ardor y que formaron el pequeño bagaje intelectual de nuestra vida. No se renuncia sin dolor, cuando se piensa honradamente, a las ideas que nos han sido caras. Es una página que hemos de arrancar a la historia de nuestra vida. Y esas amputaciones son siempre dolorosas. Pero lo visto y observado en. Rusia han confirmado y fortificado nuestras convicciones.

—Entonces, ¿seguís creyendo que no es necesaria la dictadura del proletariado? ¿Cómo pensáis que pueda destruirse la burguesía? ¡No creeréis que pueda hacerse sin una revolución!

—De ninguna manera, La burguesía no se dejará expropiar pacíficamente. Opondrá a las acometidas del pueblo que tal intente la más feroz resistencia, y una revolución se hace inevitable. Será más o menos violenta; esto depende de la resistencia que la burguesía oponga; pero es inevitable la revolución cruenta. Ahora bien; la diferencia entre el pensamiento bolchevique y el nuestro se manifiesta a partir de este instante.

La revolución es un acto de fuerza. Esto es indiscutible. Pero la revolución no es la dictadura del proletariado. Dictadura es imposición de gobierno, de autoridad, de unos, pocos o muchos, que dispongan de todo a su arbitrio en nombre propio o colectivo, frente a otros, que deben obedecer sin replicar, so pena de sanciones y de violencias, ejecutadas por personas autorizadas para ello con mandato, con autoridad indiscutible.

Revolución no es eso. La revolución es el pueblo en armas, que cansado de soportar injusticias, de ser privado de sus derechos, de una explotación que le niega el derecho a la vida, protesta de ellas; toma las armas, sale a la calle e impone por la fuerza del número la organización social que cree más justa. En esto hay violencia; cierto; pero no hay dictadura. Claro que por una deducción arbitraria y capciosa podríase, con cierta sutileza de ingenio, llegar a unir estos dos extremos: revolución y dictadura. Pero la verdad y la realidad, que se esconde tras el valor y contenido de cada uno de esos dos conceptos, nos demostraría al instante lo artificioso de tal razonamiento y lo endeble de la argumentación.

Para mejor concretar nuestro pensamiento, es decir, para ser más explícitos, podemos sintetizar así: la Revolución es causa; la dictadura puede ser el efecto de esta causa. Confundir lo uno con lo otro, no me parece cosa fácil, cuando no se atraviesa la premeditación de una imposición directriz.

—Pero, la revolución, ¿no es imposición? ¿No se obliga a la burguesía a que abandone sus privilegios de clase?

—Cierto, que la revolución es imposición; pero la acción revolucionaría del pueblo no es dictadura. Y si se quiere sutilizar el valor intrínseco de cada palabra y de cada concepto, para sacar conclusiones favorables a una tesis cualquiera, os diré que no se la “obliga al abandono de sus privilegios”, sino que se la »desposee”, cosa que no es lo mismo.

Cuando se “obliga», es que ha habido acuerdo previo, que existe un mandato, por el cual se ordena, y cuando se ordena, se dicta; mientras que cuando el pueblo, “desposee”» no existe ni mandato, ni orden, ni acuerdo previo. Esto último, tiene valor revolucionario neto. Lo demás, no. Pero creo que es inútil sutilizar sobre conceptos.

Hablando, pues, de conceptos generales, ahora más que nunca, creemos, que la dictadura del proletariado, la organización o constitución de un Gobierno de clase —asalto al Poder, para dictar leyes a quienes las dictaban ayer—, no es indispensable en una revolución de carácter social, como la que demandan los tiempos que vivimos. Basta desposeer a la burguesía y armar al pueblo, para que esa finalidad se logre.

En cuanto a la defensa de la Revolución y sus conquistas, los mismos hechos acaecidos en Rusia, demuestran cómo el pueblo sabe defenderse, llegando al sacrificio de su propia vida. El sometimiento del pueblo subsiste por la preponderancia económica de la burguesía. Quítesele el medio de ejercer esa preponderancia, y la sumisión habrá terminado. Entréguese a los Sindicatos la organización del trabajo y la distribución de lo producido y se verá cómo la burguesía no vuelve a levantar la cabeza. Tal es nuestro criterio personal nacido de lo observado aquí, en Moscú, en Rusia.

—Veo que no hay medio de convenceros. Entonces, ¿tampoco aceptáis la centralización y la disciplina?

—Los resultados de vuestra centralización, proclaman bien claramente su fracaso en el orden político y económico. Por los informes acopiados en los diferentes Comisariados las conclusiones que sacamos de la centralización política y administrativa, son completamente opuestos a los que saca vuestro partido. El bolchevismo afirma —así lo deducirnos de los discursos pronunciados en el Congreso— que las dificultades políticas y económicas que en Rusia se producen, obedecen a falta de centralización y disciplina, y piden más disciplina y más centralización.

Nosotros opinamos lo contrario. Cuanta más centralización y disciplina impongáis, mayores serán las dificultades y más difíciles de vencer.

—Error; estáis en un error, Pestaña.

—Es posible, aunque no lo creemos. Sólo el tiempo podrá demostrarlo cumplidamente. ¡Claro que en momentos como los que vivimos, es dolorosa esta conclusión! Mas no hay otra. De todos modos, y sin entretenernos más que lo indispensable en estas cuestiones teóricas, hemos de pensar que vivimos para subvertir el régimen capitalista, y esto no se logrará si no es haciendo la revolución.

—Eso es lo fundamental. Y aunque en todos los países no tenga los mismos matices, y evitando o corrigiendo los errores en que nosotros hayamos caído, lo esencial ahora es hacer la revolución en los otros países. Emancipar al proletariado de la dictadura burguesa. Y a propósito: ¿qué concepto, como revolucionarios, os merecen los delegados que han concurrido al Congreso?

-¿Queréis que os sea franco?

—Para eso os lo pregunto.

—Pues bien, aunque el saberlo os cause alguna decepción, o penséis que no sé conocer el valor de los hombres, el concepto que tengo de la mayoría de los delegados concurrentes al Congreso, es deplorable. Salvando raras excepciones, todos tienen mentalidad de burgués. Unos por arrivistas y otros porque tal es su temperamento y su educación.

—¿Y en qué os fundáis para emitir juicio tan desfavorable? ¡No será por lo que han dicho en el Congreso!

—Por eso exclusivamente, no; pero me fundo en la contradicción entre los discursos que pronunciaban en el Congreso y la vida ordinaria que hacían en el hotel. Las pequeñas acciones de cada día, enseñan a conocer mejor a los hombres que todas sus palabras y discursos. Es por lo que se hace y no por lo que se dice, por lo que puede conocerse a cada uno.

Muchos granos de arena acumulados hacen el montón. No el montón a los granos. La infinita serie de pequeñas cosas que hemos de realizar día tras día, demuestran mejor que ningún otro medio, el fondo verdadero de cada uno de nosotros.

¿Cómo queréis, Lenin, que creamos en los sentimientos revolucionarios, altruistas y emancipadores de muchos de esos delegados que en la vida de relación diaria, obran, ni más ni menos, como el más perfecto burgués? Murmuran y maldicen de que la comida sea poca y mediana, olvidando que somos los delegados extranjeros los privilegiados en la alimentación, olvidando lo más esencial: que millones de hombres, mujeres, ni- ños y ancianos, carecen, no ya de lo superfluo, sino de lo estrictamente indispensable.

¿Cómo se ha de creer en el altruismo de esos delegados, que llevan a comer al hotel a infelices muchachas hambrientas a cambio de que se acuesten con ellos, o hacen regalos a las mujeres que nos sirven para abusar de ellas?

¿Con qué derecho hablan de fraternidad esos delegados, que apostrofan, insultan e injurian a los hombres de servicio en el hotel, porque no están siempre a punto para satisfacer sus más insignificantes caprichos? A hombres y mujeres del pueblo los consideran servidores, criados, lacayos, olvidando que acaso alguno de ellos se haya batido y expuesto su vida en defensa de la revolución. ¿De qué les ha servido?

Cada noche, igual que si viajaran por países capitalistas, ponen sus zapatos en la puerta del cuarto para que el “camarada” servidor del hotel se los limpie y embetune. ¡Hay para reventar de risa con la mentalidad “revolucionaria” de esos delegados!

Y el empaque y altivez y desprecio con que tratan a quien no sea algo influyente en el seno del Gobierno o en el Comité de la Tercera Internacional irrita, desespera. Hace pensar en cómo procederían esos individuos si mañana se hiciera la revolución en sus países de origen y fueran ellos los encargados de dirigirnos desde el Poder,

¡Poco importan los discursos que hagan en el Congreso! Que hablen de fraternidad, de compañerismo, de camaradería, para obrar luego en amos, es sencillamente ridículo, cuando no infame y detestable.

Y, por último, esas lucrativas componendas que presenciamos los que estamos asqueados de tantas defecciones; ese continuo ir y venir tendiendo la mano y poniendo precio a su adhesión, reviste todos los caracteres de la más infame canallada, de la más indigna granujería. Eso es tan bajo, ruin y miserable, como lo sería una madre que vendiera su hija para satisfacer un capricho de los más abominables e inmundos.

¿Cómo vamos a creer en el espíritu revolucionario y en la seriedad de esas gentes?

¿Que desean la revolución en sus respectivos países? Eso sí; pero quieren que se haga sin peligro para sus olímpicas personas y en beneficio exclusivo de sus concupiscencias. Naturalmente que esto no quiere decir que en el seno de los partidos comunistas y de las multitudes, por esos delegados representadas, no haya centenares de individuos de buena fe, dispuestos al sacrificio y dignos de todo respeto y consideración. Estos quedan aparte. Estas censuras no tienen más alcance que el puramente personal y en relación a los delegados concurrentes al Congreso.

Esta es nuestra opinión, sinceramente expuesta.

— De acuerdo, Pestaña, de acuerdo… aunque haya alguna exageración en vuestros juicios.

Al decir estas palabras, Lenin se puso en pie. La entrevista terminaba. Acaso abusamos de la benevolencia concedida; pero hubiera sido indiscreto por nuestra parte terminar una conversación que no sabíamos qué alcance se le quería dar. Antes de despedirnos de Lenin nos preguntó si volveríamos a Rusia al próximo Congreso,

—Procurad venir, y que os acompañen varios de vuestros amigos. Venid y estudiad sobre el terreno nuestra obra. Para entonces la situación habrá mejorado, y acaso podamos llegar a conclusiones que nos aproximen más que lo estamos hoy. ¿Escribiréis algo acerca de lo que habéis visto y el concepto que os merece?

—Es muy posible—contestamos.

—Si lo hacéis, no dejéis de enviármelo. Tendré mucho gusto en recibirlo y leerlo,

Nos estrechamos cordialmente la mano y salimos.

Una profunda simpatía y un respeto sin límites nos quedó hacia Lenin después de esta conversación. No compartíamos sus ideas, no las compartimos hoy; pero saben todos aquellos amigos con quienes hablamos de él que, al referirnos personalmente a Lenin, guardamos para él las consideraciones y miramientos a que creemos es merecedor.

pestaña hoz

 

 

 

(Pestaña, Á. (1924): Setenta Días en Rusia. Lo que yo vi. Tipografía Cosmos, Barcelona; pp 183-189. Disponible en línea)

Para saber más sobre el viaje a Rusia, interesa la versión ofrecida por Joaquín Maurín.

1 comentario en “Entrevista de Lenin y Pestaña

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